domingo 15 de noviembre de 2009

Sofía, entrenada para perder.


Sofía seguía dando vueltas sobre sus huellas, cálidas depresiones en la pelusa blanca, marcas donde se adormecía su mirada.


Aquella noche no podía encontrar a su personaje. Y no bastaban las vueltas ni las marcas, no había pista para llegar a la salida de su laberinto. En el que ella, por supuesto, se había metido solita. Porque ella decidía. No importaba lo que Andonaegui pensara, ella era capaz de decidir. Pero no quería hacerlo. Eso era lo que pasaba. Ella había decidido que no quería decidir.Era más fácil seguir en la taciturnidad de pies descalzos y uñas rojas. Sofía, la escritora, la decididora, encontraba en el ensimismamiento el calor de la piel de él contra la suya. Ese contacto que había disfrutado alguna vez y que supo perder. Porque le habían enseñado a los golpes y al fin aprendió a perder. Entonces, se dedicó a perder.


Ella, que era una mujer muy inteligente, que tejía y destejía, que aprendía y practicaba, y casi siempre perdía. A Sofía, le faltaba solo aprender a recuperar. Aunque más no fuera dentro de una depresión cálida que yace en la alfombra blanca.

sábado 12 de septiembre de 2009

Mi flor Aislada


Era como una mujer
-inalcanzable-
mi flor Aislada.

Quise darle la alegría
de las fresias
y los helechos

Y en el medio del bochinche
la dejé, elegante y erguida.

Por la mañana,
ya la fiesta dormía
fui a visitarla
y la encontré sin vida.

La miré y vi que en su altura
cargaba un tesoro
una burbuja propia
que no podía, ella, Aislada
compartir.

Entonces con mucho esmero
tomé unas tijeras
y la puse a la altura
del resto.

La fiesta volvió
a la noche de perfumes
y colores.

Aislada, en el medio
callaba
y observaba
día tras día
fiestas que dormían
y noches que despertaban.

Así fue pasando el tiempo
el bochinche se aquietaba
los colores ya no brillaban
el agua se escurría
y allí quedaba sola,
en un florero
mi flor, Aislada.