Sofía seguía dando vueltas sobre sus huellas, cálidas depresiones en la pelusa blanca, marcas donde se adormecía su mirada.
Aquella noche no podía encontrar a su personaje. Y no bastaban las vueltas ni las marcas, no había pista para llegar a la salida de su laberinto. En el que ella, por supuesto, se había metido solita. Porque ella decidía. No importaba lo que Andonaegui pensara, ella era capaz de decidir. Pero no quería hacerlo. Eso era lo que pasaba. Ella había decidido que no quería decidir.Era más fácil seguir en la taciturnidad de pies descalzos y uñas rojas. Sofía, la escritora, la decididora, encontraba en el ensimismamiento el calor de la piel de él contra la suya. Ese contacto que había disfrutado alguna vez y que supo perder. Porque le habían enseñado a los golpes y al fin aprendió a perder. Entonces, se dedicó a perder.
Ella, que era una mujer muy inteligente, que tejía y destejía, que aprendía y practicaba, y casi siempre perdía. A Sofía, le faltaba solo aprender a recuperar. Aunque más no fuera dentro de una depresión cálida que yace en la alfombra blanca.


